Este capítulo es un extracto del libro Filosofía explicada con canciones
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¿Qué es el pasado? Parece una pregunta sencilla, pero no lo es. ¿Qué significa el pasado para cada persona? ¿Qué debemos hacer con el pasado? Las respuestas dependen de las circunstancias de cada uno: puede ser un pasado para recordar, un pasado para olvidar, o un pasado para valorar. ¡Qué importante son estas preguntas, porque somos quienes somos por el pasado que tuvimos! Ofrecemos aquí una reflexión donde citamos decenas de canciones populares y un buen número de egregios pensadores que han estudiado el tema.
Quería un día como hoy hablar sobre el pasado para homenajear a un amigo de memoria prodigiosa, que todo lo recuerda —o que todo lo cree recordar. Y quería escribir sobre el pasado hilando las letras de algunas canciones. No le cantaremos canciones sobre la vejez como «viejo mi querido viejo, ahora ya caminas lento / como perdonando al viento» (Piero, Mi viejo, 1969), ni lasque evocan la muerte, como «And now, the end is near / and so I face the final curtain» (Frank Sinatra, My way, 1983); más bien entonaremos de melodías que hablan sobre el pasado.
En realidad toda buena canción pasada nos habla del pasado. Existen ciertos sucesos mágicos, ciertas imágenes, palabras o notas que son capaces de encontrar eco en alguna recóndita neurona del cerebro donde se guardan especiales recuerdos. Entonces el recuerdo se dispara y se vuelve a vivir. Esto sucede especialmente con la música. ¡Qué poder tienen las canciones de revivir el pasado! «When I was young I’d listen to the radio / waitin’ for my favorite songs (…) / Those were such happy times and not so long ago» (The Carpenters, Yesterday Once More, 1973). ¿A quién no le ha sucedido que al oír una vieja melodía le viene a la memoria una etapa de la vida, un suceso, una persona? Y una canción lleva a otra… «they’re back again just like a long lost friend / all the songs I loved so well» (ibid.). Entonces el pasado revive, lo cantado conmueve. «It can really make me cry, just like before / it’s yesterday once more» (ibid.).
Pero dejemos este tema de lado. Más bien, pasemos revista de las canciones que hablan directamente del pasado.
Un pasado para recordar
¿Cuánto aprecian los cantantes el pasado? ¿Cómo valoran los años que la historia devoró? Ello depende. Depende de cómo haya sido ese pasado. Si fue bueno, el pasado se apreciará bastante y se buscará mantenerlo. En cambio, si estuvo tamizado de sombras, el pasado se procurará olvidar, o hasta aniquilar si fuera posible.
Todo lo que fue bueno se agradece. Mercedes Sosa daba «gracias a la vida, que me ha dado tanto, / me ha dado la marcha de mis pies cansados / con ellos anduve ciudades y charcos / playas y desiertos, montañas y llanos / y la casa tuya, tu calle y tu patio» (Gracias a la vida, 1971). Estas y otras muchas cosas se agradecen, y se agradecen con sinceridad. Sin embargo, cuando lo pasado fue amor, la actitud es más intensa, más pasional: no solo se agradece, sino que el recuerdo obnubila. El cantante se niega a perder lo amado; el amor se ha de recuperar a toda costa. Al menos se deja abierta una puerta para que vuelva a nacer en algún momento de la vida, aunque no se sepa bien cuando.
En efecto, el mejor pasado, el más celebrado por las canciones de todos los idiomas y de todos los tiempos, es el pasado en el que se experimentó el amor. «Que no diera yo / por un día volver / a los días de amor, días del ayer. / Volverte a encontrar, / volverte a querer» repite con insistencia Juan Gabriel (Qué no diera yo, 1984). Entonces «los días del ayer» se extrañan como «días divinos» (ibid.). Se aspira a resucitar el pasado, se aspira y se suspira, se vive y se revive lo que un día fue. «Vivirás en mis sueños, / como tinta indeleble / como mancha de acero», escribe el poeta merenguero Juan Luis Guerra (Estrellitas y duendes, 1990). La imagen de la amada se queda tan fuerte en nuestra memoria que es como si aún permaneciera sobre nuestros ojos, sobre nariz, sobre nuestra boca. «Me quedé en tus pupilas mi bien / ya no cierro los ojos. / Me tiré a los más hondo / y me ahogo en los mares / de tu partida, de tu partida», dice la misma canción. «¿Cómo olvidar su pelo? / ¿Cómo olvidar su aroma, / si aun navega en mis labios / el sabor de su boca?», recuerda otra canción, esta vez de Leonardo Fabio (Fuiste mía un verano, 1997).
En ocasiones la añoranza del amor pasado la torna casi trágica. Es un tema predilecto de los boleros. Suena terrible en mis oídos la conocidísima canción de Luis Miguel: «Tú, la misma siempre tú. / Amistad, ternura, ¿que sé yo? / Tú, mi sombra has sido tú, / la historia de un amor / que no fue nada» (Tú, la misma de ayer, 1988). Son gemidos de alguien sumamente herido. «Tú, la misma de ayer / la que no supe amar, no sé por qué». Quizá la parte más triste de esta canción —de esta y de muchas semejantes— es el lamento por no haber sabido aferrar lo bello, por haberlo dejado escapar, quizá por mezquindad, quizá por estupidez, o por lo que sea. «No existe un lazo entre tú y yo, / no hubo promesas, ni juramentos, / nada de nada». Es estúpido dejar escapar lo que se quiere.
Se suele ser consciente de que el pasado ya ha pasado. En el poema «caminante no hay camino» (Cantares, 1969), Joan Manuel Serrat nos enseña que «al volver la vista atrás / se ve la senda que nunca / se ha de volver a pisar». También Leonardo Fabio sabe que el pasado ya quedó atrás: «Tierno amanecer, / sé que nunca más» (Fuiste mía un verano, 1997). Pero las vivencias intensas quedarán grabadas en la memoria a tal punto, que marcarán la forma de ver lo cotidiano. «Cada piba que pase / con un libro en la mano / me traerá su nombre / como en aquel verano», dice la misma canción de Leonardo Fabio. Y la idea se repite en el musical Westside Story (1961): «I just met a girl named Maria / and suddenly that name / Will never be the same to me». La letra repite cincuenta veces el nombre de María. «Maria / say it loud and there’s music playing. / Say it soft and it’s almost like praying. / Maria. / I’ll never stop saying Maria». Es que, aunque sabemos muy bien cómo funciona el tiempo, el corazón se niega a que el pasado pase.
Y aun así, el tiempo termina alejándonos de aquello que un día quisimos. De una forma inexorable nos distancia del pasado, querámoslo o no. «Dicen que la distancia es el olvido / pero yo no concibo esa razón», canta Luis Miguel (La barca, 1991). Entonces aparece la nostalgia, la difícil nostalgia. ¡Qué difícil entender este sentimiento! ¿Por qué existe la nostalgia? ¿Por qué Dios la puso en el corazón del hombre? Pienso que este sentimiento no tendría sentido, si no se nos hubiera ofrecido un cielo en donde podamos reencontrarnos con aquellas cosas verdaderamente bellas que un día amamos en la tierra (cfr. 1 Cor 15; Is 11 y 65). Sin cielo la nostalgia resulta absurda.
Un pasado para olvidar
Pensemos ahora en los pasados borrascosos, en los tiempos llenos de problemas y de dolor. Con frecuencia, la distancia de los años nos permite ver que ciertos acontecimientos no tenían la entidad que pensábamos que tenían. «Yesterday / all my troubles seemed so far away. / Now it looks as though they’re here to stay / oh, I believe in yesterday» (Ayer todos mis problemas parecían estar tan lejos / y ahora parece como si estuvieran aquí para quedarse / Oh, en verdad creo en el ayer) (John Lennon, Yesterday, 1965). El tiempo quita al pasado su veneno, al menos en parte. Todo tiempo pasado fue mejor, dice el dicho. Todo se ve más fácil. «Yesterday / love was such an easy game to play» (el amor era como un juego fácil de jugar). Y, sin embargo, los problemas de amor no se borran de la memoria. «Why she had to go, I don’t know / she wouldn’t say. / I said something wrong / now I long for yesterday» (¿por qué ella tuvo que irse?, no lo sé, no lo dijo; quizá dije algo malo, / y ahora anhelo el ayer).
Si el mejor pasado es aquel donde hubo amor, el peor pasado será aquel donde el amor se perdió. Tal pérdida se puede dar de muchas maneras: por muerte del ser querido, por no haber sido correspondido o por haber sido defraudado. Los efectos son muy distintos en cada caso.
Pensemos primero en la muerte del ser querido. El evento conmueve tanto que hasta las lágrimas llegan al cielo. «Tears in heaven» (Eric Clapton, 1992). La experiencia la sufrió en la vida real Alberto Aguilera (más conocido como “Juan Gabriel”), quien recibió en 1974 durante su estancia en Acapulco la noticia de la muerte de su madre. Por este motivo Juan Gabriel compuso Amor eterno en ese mismo. La cantará luego con Rocío Durcal, y será su canción más afamada. La letra es muy sentida y describe con lujo de detalles lo que estos acontecimientos pueden producir. «Obligo a que te olvide el pensamiento, / pues siempre estoy pensando en el ayer. / Prefiero estar dormida que despierta / de tanto que me duele que no estés». «Como quisiera, ay, que tu vivieras, / Que tus ojitos jamás se hubieran cerrado nunca, / y estar mirándolos». La muerte causa un dolor imborrable, pero el amor —que cuando es verdadero, siempre es eterno— clama por la otra vida. «Amor eterno, e inolvidable. / Tarde o temprano estaré contigo / para seguir… amándonos». La muerte es el drama de los dramas.
El amor no correspondido suele recordarse con cierta tristeza, pero también con cierta esperanza. Franco de Vita ha compuesto una canción a una mujer llamada “Soledad” (1999). El nombre ya dice mucho. Es como él la ve a ella: sola. La letra termina con estas palabras: «Y yo te esperaré / todo el tiempo que quieras, da igual / si quieres busca en otro lugar / y si lo encuentras te puedes quedar / Te veo venir Soledad». Los mismos sentimientos aparecen en La barca de Luis Miguel (1991): «Cuando la luz del sol se esté apagando / y te sientas cansada de vagar, / piensa que yo por ti estaré esperando / hasta que tú decidas regresar». Obsérvese, como en estas canciones la tristeza siempre se mezcla con la esperanza, aunque aquí tales sentimientos no bullen con tanta fuerza como en las canciones que lamentan la pérdida de los seres queridos.
En cambio, cuando el amor ha sido defraudo, cuando uno se siente «el santo cachón» (vallenato de Los Embajadores, 2002), las reacciones son muy distintas. El pasado se recuerda con odio, con rabia, con iras. «Ódiame por piedad yo te lo pido» canta Julio Jaramillo en su famoso pasillo, y la razón por la que pide odio es «porque solo se odia lo querido». Las más tristes canciones han sido dedicadas al amor que parecía eterno, pero que se malogró o se perdió. Y ello emponzoña el corazón de la persona. El rumbero Bienvenido Granda dice: «hoy se mas que ayer, que diferencia / el engaño me ha enseñado a distinguir (…). He visto la verdad, me ha dicho tanto / que ya ningún amor me hará sufrir» (canción Hoy sé más). Más tarde un par de reguetoneros repetirán la idea: «Ay baby me dañaste el corazón, / ya no creo en el amor, / ahora por ti soy peor» (Wolfine y Maluma, Bella, 2017). Resulta curioso cómo las letras de la rumba y del reguetón suelen versar sobre los amores rotos.
Si se ha amado mucho, el fraude se siente demasiado y nos inmoviliza, tal como si hubiéramos visto un fantasma. «At first, I was afraid, I was petrified / kept thinking I could never live / without you by my side» (Al principio tenía miedo, / estaba petrificada. / me mantenía pensando que nunca podría vivir / sin ti a mi lado) (Gloria Gaynor, I Will Survive, 1978). No se sabe qué hacer y el pensamiento se arremolina sobre las ofensas recibidas en el pasado, hundiendo el alma cada vez más en un océano que no parece tener fondo. «(…) then I spent so many nights / thinking how you did me wrong» (pasé muchas noches / pensando cómo me hiciste tanto daño) (ibid.). Hasta que al final se ve necesario armarse de coraje para salir adelante, ver que la vida sigue corriendo y se sigue consumiendo. «I know I’ll stay alive! / I’ve got all my life to live / I’ve got all my love to give / And I’ll survive! I will survive! / Hey, Hey!» (sé que seguiré con vida. / Tengo toda mi vida por vivir, / y tengo todo mi amor por dar, / y yo sobreviviré, yo sobreviviré) (ibid.). El gran problema es aquí es que no siempre se guarda una reserva de coraje para vivir la vida. No es para nada bueno dar rienda suelta a la memoria, dejarla que cabalgue sin rumbo sobre el triste pasado.
Un pasado para valorar
La poesía, la literatura y las canciones suelen recurrir a metáforas para hablar del pasado. Dos de ellas me han parecido especialmente significativas: la metáfora del vino y la de los zapatos viejos.
El vino añejo evoca el pasado y el vino en abundancia nos estimula a hablar de la vida. «So sit down beside me / and tell me your story, / if you think / you’ll like yesterday’s wine» (Willie Nelson, Yesterday’s wine, 1971). El vino desata los respetos que se tienen para hablar, para contar lo que duele. Con un par de copas resulta más fácil soltar lo que uno ha acumulado durante años. Además, el vino parece identificarse con nosotros. «I’m yesterday’s wine / aging with time» (ibid.). Nos vamos avejentando como el vino en las barricas de la vida.
¿De qué sirve el pasado? El pasado determina quiénes somos hoy. Conocer el pasado es conocernos. Recordemos la metáfora de los zapatos viejos. En una vieja canción italiana que ya no se escucha en la radio, titulada Vecchio Scarpone (de Luciano Tajoli), se rinde homenaje a un par de botas militares viejas. «Vecchio scarpone quanto tempo è passato / quante illusioni fai rivivere tu. / quante canzoni sul tuo passo ho cantato / che non scordo più» (viejo zapato, ¡cuánto tiempo ha pasado!, ¡cuántas ilusiones revives!, ¡cuántas canciones he cantado a tu paso, que ya no recuerdo más!). La letra termina diciendo: «vecchio scarpone fai rivivere tu / la mia gioventù» (oh bota vieja, revive tú mi juventud).
En realidad esta preciada prenda no solo ha sido testigo de nuestro andar, sino que ha soportado nuestro peso. «Sopra le dune del deserto infinito, / lungo le sponde accarezzate dal mar, / per giorni e notti insieme a te ho camminato / senza riposar» (sobre las dunas del desierto infinito, a lo largo de la orilla acariciada por el mar, por días y noches junto a ti he caminado sin reposar) (ibid.). En verdad, unos zapatos rotos y roídos evidencian que sirvieron para recorrer muchos caminos, sus arrugas manifiestan que bien se amoldaron a los pies del dueño para hacer más grato su caminar. En cambio, un par de botines que aún lucen intactos, sin pliegues, ni fisuras, manifiestan que no han servido para nada. ¿Acaso no podríamos decir lo mismo de tantos tereques que guardamos en el armario? ¿Acaso no cabe repetirlo de nuestra misma piel, que los años van cavando? En una plaza de la legendaria Cartagena de Indias se ha levantado un monumento de grandes proporciones a los zapatos viejos. ¡Qué entrañable! ¡Qué justo rendirles homenaje!
Juan Carlos Riofrío Martínez-Villalba
Nairobi, 28 de octubre de 2020
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