Sonrisas y lágrimas sobre la cuna de un Niño

Este capítulo es un extracto del libro Filosofía explicada con canciones

Disponible en ebook y físico, en Amazon.

Alrededor de una cuna y un Niño

¡Cuánta expectativa crea el día en que cumplimos años! Es un día de balance donde miramos lo que hemos vivido y lo que nos resta por vivir, donde esperamos con cierta ansiedad alguna palabra de afecto de los seres queridos, porque estamos convencidos de que los cumpleaños han de vivirse en familia, entre amigos. Y por eso da cierta tristeza cuando ellos faltan. Podrían faltar por mil motivos: porque ya han partido de este mundo, porque viven lejos, por olvido, por negocios, por enfermedad… ¡Pero cuánta pena da cuando faltan por desafecto! Aquello hace sufrir lágrimas y apretones de dientes.

Quizá todos hemos experimentado algo de estos pequeños sinsabores de la vida, que la imaginación tiende a aguzar. Tampoco el Salvador, ni sus padres, dejaron de paladearlo desde el primer momento. Cuando Jesús nació quedaron lejos —en el distante Nazaret— sus vecinos y parte de su familia; es probable que en Belén estuviera algún pariente, pero con ninguno compartieron posada, ni la Escritura nos menciona nada de su compañía… nacía el añoradísimo Redentor de Israel, y solo les acompañaba un buey y una mula… ¿Cómo no se habrán conmovido José y María al ver a su Hijo nacido en soledad? ¡Qué tristeza! «¡Ay del Chiquirritín, / que ha nacido entre pajas! / ¡Ay del Chiquirritín, Chiquirritín!, / queri queridín queridito del alma», se duele un viejo villancico (Ay del Chirriquitín).

Lo peor es que la indiferencia que el Gran Cumpleañero sufre en su cumpleaños aún sigue campante: por doquiera se celebra una “Natividad” sin “recién nacido”, días y noches llenos de luces y decoración, de fiestas y juguetes, sin el motivo principal. Obsérvense cómo todo en esta fiesta gira alrededor de la infancia: véanse los arreglos navideños de colores vivos, los muñecos de nieve, los personajes típicos que muestran un halo mágico (el Primer Noel o “Santa Claus”, la Señora Claus, los Reyes Magos, la Befana en Italia, los duendes de Islandia, etc.); repárese en las sencillas tonadas y en las cándidas letras de los villancicos; mírense los dulces coloreados y los vistosos platos de estos días… Todo muestra un cierto aire inocente y festivo preparado para niños pequeños. En el fondo, todo gira alrededor de una cuna y un Niño.

Últimamente he tenido un sinsabor. En mi recorrido por las tiendas para comprar tarjetas típicas —“Christmas” le dicen en varios países, lo que viene de Christ Mass— no encontré fácilmente que las vendieran con la estampa del Niño Jesús. Finalmente un amigo me comentó que le había sucedido lo mismo, pero que después de buscar en muchos locales, logró encontrar una tienda donde se vendían docenas con un buen descuento. El cajero adujo que estaban tan baratas porque ahora pocos compraban tarjetas con motivos religiosos. ¿A quién se celebra hoy la Navidad? ¿Qué sentido tiene para la gente esta fiesta? Ante tanta indiferencia de esta sociedad, solo provoca cantar aquel villancico ecuatoriano: «si el mundo de ti se olvida y te deja abandonado / yo jamás, niño adorado, yo jamás te olvidaré», y repetirle al Dios Altísimo una y otra vez: «quisiera, niño adorado, enjugar en tus mejillas / esas lindas florecillas que el cielo ya marchitó» (En brazos de una doncella).

¿Cómo hacer para que esta sociedad recupere el sentido genuino de la vida? Así como el sentido de una flecha se encuentra en la mente del arquero, el fin de nuestra existencia hemos de encontrarlo en nuestro mismo origen. Hay que volver a la casa paterna para saber cuál es la razón de nuestra vida. Es preciso volver a ser niños, volver a recordar las anécdotas de nuestra casa, para descubrir quiénes somos. Necesitamos volver a oír aquellos villancicos que cantábamos cuando éramos pequeños para encontrarle sentido a nuestros cortos días. Hoy más que nunca hemos de repetir: «campana sobre campana / y sobre campana dos, / asómate a la ventana, / porque está naciendo Dios» (Campana sobre campana)[1]. Son canciones que hace mucho tiempo cantamos gustosos en familia alrededor de un sencillo pesebre, alrededor de una cuna, alrededor de un pobre Niño que era Dios. Hoy quisiera «que suenen con alegría los cánticos de mi tierra / y viva el niño de Dios / que nació en la Nochebuena» (Dime niño, ¿de quién eres?). Hoy querría yo recordarlos y cantarlos con la sinceridad de corazón que tenía a mis cuatro años, corearlos en familia, entonarlos con la alegría y el afecto de aquella edad. Pero no sé si seré capaz.

Jugando a proteger al Niño

Seguramente todos hemos sentido esa sensación de pequeñez ante quienes de veras queremos. Siempre se es pequeño ante el amor. La literatura y el cine recogen esta idea en mil historias: la Bella y la bestia, la Cenicienta, Notting Hill, Cirano de Bergerac… Este mismo sentimiento de poquedad es el que brota al contemplar a un Dios vestido en pañales porque nos ama. Los villancicos lo ponen de manifiesto. «Yo quisiera poner a tus pies / algún presente que te agrade, Señor; / mas tú ya sabes que soy pobre también / y no poseo más que un viejo tambor. / Ropoponpon, ropoponpon pon» (El tamborilero[2]).

Sin embargo, a diferencia de la literatura, el cine y la música, donde los amantes hacen gala de estar dispuestos a dar «el mundo entero, la luna, el cielo, el sol y el mar» (Jesse & Joy, Espacio sideral, 2006), en el portal de Belén el Niño no espera tanto. Dios se contenta con poco y los villancicos lo reflejan. ¿Qué se le ofrece al recién nacido? «Claveles y rosas», hospitalidad, calor, silencio, afecto y contrición. Y esto sí que podemos dárselo.

Así se comprende que se pida «cantad al Niño muy despacito» (En oriente ha nacido), y que se le diga: «quisiera, niño adorado, calentarte con mi aliento / y decirte lo que siento en mi pobre corazón» (En brazos de una doncella). En el afán por proteger al Niño hasta las barbas hay que cuidarlas. «Oiga usted señor José / no le arrime usted / la cara, que se va a asustar / el ­Niño / con esas barbas / tan largas» (Pastores venid). A veces se mencionan problemas imaginarios, como el de los ladrones. Al ver que «los gitanillos han entrado» y que «los pañales les han robado», se grita: «María, Maria, ven acá corriendo / que los pañolillos los están llevando» (Hacia Belén Va Una Burra, Rin, Rin). Como se ve, estas letras expresan el ánimo de hacer lo que buenamente podemos por este Niño. ¡Pero hay que hacerlo!

Camino para ver al Niño

Largo caminar es la vida, que se termina en un instante. Se puede andar por andar, sin saber a dónde va. De estos caminantes hay muchos. También uno puede ponerse camino al amor. Con el jolgorio de la Navidad se repite: «si me ven, si me ven, voy camino de Belén» (Burrito sabanero[3]). Y la alegría de previsualizar la meta nos anima a apretar el paso. «Con mi burrito voy cantando, / mi burrito va trotando» (ibid.).

Hemos de animarnos a emprender nuestro camino con el brío de un buen animal, con la prisa del que sabe que el tiempo se le acaba. «Arre borriquito / arre burro arre / anda mas de prisa / que llegamos tarde» (Arre borriquito). Se corre detrás de lo querido, se persigue un futuro mejor. «Arre borriquito / vamos a Belén / que mañana es fiesta / y al otro también» (ibid.).

Cada uno tiene su propio camino —¡qué curiosos algunos! ¡qué inesperado el mío!— , pero todos tienen la misma meta. «A esta puerta hemos llegado / cuatrocientos en cuadrilla / si quieres que nos sentemos / saca cuatrocientas sillas»; «saca una para mí / y otra “pa” mi compañero / y los que vengan detrás / que se sienten en el suelo» (La marimorena).

También la Virgen María tuvo su camino. De hecho, el último villancico mencionado alude justamente a ella. «Ande, ande, ande, la Marimorena» nos habla del camino de María, conocida en muchos sitios como “La Virgen Morena” o “la Moreneta”. Y no es vana la alusión, porque «a la huella, a la huella» a José y María les tocó andar «por las pampas heladas, / cardos y ortigas»; «solo le ampara, / los alientos amigos, / la luna clara» (Los Fronterizos, Huella pampeana, 1964).

El misterio de un Niño

La Navidad sigue encerrando un misterio, un misterio de luz, el misterio de un Niño. Tantísimas personas no saben de ningún recién nacido, y aun así recuerdan estos días de diciembre como días “luminosos”, quizá porque rememoran su propia infancia y el calor de un hogar añorado. Se sueña con una «blanca Navidad», con un «White Christmas»[4]. Muchas otras personas sí conocen del motivo de la fiesta, pero la celebran sin ese motivo. Jesús es para ellos un misterio. Finalmente, más intrigas genera este Niño luminoso a quienes le aman de corazón.

«Dime niño, ¿de quién eres? / todo vestidito de blanco», dice una conocida melodía. «En brazos de una doncella, un infante se dormía / y en su lumbre parecía Sol nacido de una estrella» (En brazos de una doncella). Hay quienes solo descubren la luz navideña, hay quienes descubren detrás de la luz, un niño; y hay quienes descubren detrás del Niño a Dios, pero no hay quien descubra los secretos del Creador. El misterio permanece. Solo queda contemplar este magno misterio infantil: «Es tan lindo el chiquito, / que nunca podrá ser / que su belleza copien / el lápiz y el pincel, / pues el eterno Padre, / con su inmenso poder, / quiso que el Hijo fuera / inmenso como Él» (Vamos pastores, vamos). Y, detrás del tierno rostro, el misterio de la cruz: «soy amor en el pesebre / y sufrimiento en la cruz» (Dime niño, ¿de quién eres?).

En el Belén la Luna recortada, las estrellas diminutas, los pastorcillos y zagalillos, las montañas de corcho, las plantas improvisadas, las ovejas deambulantes, «los peces en el río», la «fuentecilla que corre clara y sonora» (La Nanita Nana), junto al resto de personajes y edificaciones, son todo adorno de un centro luminoso: el Niño. Todos están ahí «por ver al Dios nacido» (Los peces en el río). Cada figura invita a recitar las glorias de Dios: «ven a cantar, ven a cantar / que ya llegó la Navidad» (Ven a cantar). También la gran estrella apunta al Niño. Quienes la siguen lo encontrarán y podrán clamar «alegres de corazón»: Adeste fideles laeti triumphantes Venite, venite in Bethlehem. Natum videte regem angelorum[5]. Pero como nuestras pobres voces no bastan, surge la necesidad de unirse al coro angelical que con voces sobrehumanas repite incesantemente desde aquel día Gloria in excelsis Deo[6].

En esta serenata humana y angelical de villancicos dedicada al Niño que es Dios, de repente se produce el silencio. La nana se ha dado cuenta de que «mi Jesús tiene sueño» (La Nanita Nana). Las figuras del pesebre dejan de moverse para contemplar en la máxima quietud la mágica escena de un niño adormilado. Todo «calla mientras la cuna / se balancea» (ibid.). ¡Poesía divina es el sueño de un Niño! Entonces cada uno dice en el fondo del alma, sin el más mínimo ruido de palabras: «duérmete, niño chiquito / que la noche viene ya, / cierra pronto tus ojitos / que el viento te arrullará» (Anton tiruliruliru). Se produce en el universo entero una «Silent night», una «Noche de paz»[7], una «Noche de amor». «Todo duerme derredor. / Luz en el rostro del niño Jesús, / en el pesebre del mundo la luz. / Astros de eterno fulgor, / astros de eterno fulgor» (Noche de paz).

Quería finalizar estas sentidísimas líneas —¡cómo me llegan al alma estos villancicos!— deseando a todos literalmente lo que dice una famosa canción de Boney M.: «¡Feliz Navidad! ¡Feliz Navidad! ¡Feliz Navidad, prospero año y felicidad! ¡I wanna wish you a Merry ChristMass! ¡I wanna wish you a Merry ChristMass! ¡I wanna wish you a Merry ChristMass, from the bottom of my heart!» (Boney M., Feliz Navidad, 1981) (la transcripción es literal, solo he añadido un guión que le da un sentido más profundo) [8].

Juan Carlos Riofrío Martínez-Villalba, Guayaquil, 20-XII-2019


[1] Campana sobre campana. Villancico anónimo de origen andaluz.

[2] El tamborilero. Villancico popular de origen checo, traducido libremente al inglés por Katherine Davis en 1941. Es uno de los villancicos más queridos en habla hispana desde la interpretación del cantante Raphael de 1969.

[3] Burrito sabanero. Compuesto por el venezolano Hugo Blanco en 1975.

[4] White Christmas. Clásico villancico escrito por Irving Berlin e interpretado por Bing Crosby en 1942, hoy traducido a 25 idiomas.

[5] Adeste fideles. Himno usado en la bendición durante la Navidad en Francia, España, Portugal e Inglaterra desde fines del siglo XVIII. Se cantaba en la misión portuguesa en Londres en 1797.

[6] Gloria in exclesis Deo es un himno litúrgico antiquísimo que glorifica el nacimiento del Redentor. Utiliza las palabras que los ángeles utilizaron para anunciar el nacimiento de Jesús a los pastores (Lc 2, 14).

[7] Stille Nacht, heilige Nacht fue compuesta originalmente en alemán por el sacerdote austriaco Joseph Mohr y por el maestro de escuela y organista austriaco Franz Xaver Gruber. Hoy la melodía difiere levemente de la original en las notas finales. Fue interpretado por primera vez el 24 de diciembre de 1818 en la iglesia de San Nicolás (Nikolauskirche) de Oberndorf, Austria.

[8] Feliz Navidad. Una versión muy conocida de la canción es la de José Feliciano.

Efecto estupidez

Extracto del libro Juegos de pluma (2015)

— Juan Carlos Riofrío Martínez-Villalba.




Máxima máxima: la estupidez genera más estupidez

Noción del efecto estupidez

La Real Academia Española define la estupidez como una «torpeza notable en comprender las cosas» y al estúpido como aquel que es «necio, falto de inteligencia». De ahí que la estupidez y la inteligencia sean dos archienemigos: la estupidez se combate con la inteligencia y la inteligencia se combate con la estupidez.

Resulta interesante observar que así como un acto inteligente facilita que el siguiente acto sea más inteligente aún, de igual manera una estupidez potencia la posterior, que tenderá a ser más osada, alevosa y absurda. En síntesis, la estupidez genera más estupidez.

Ámbitos de aplicación del efecto estupidez

Comportamiento individual:

  • Dos estupideces seguidas inclinan a hacer una tercera cosa estúpida. Tres cosas estúpidas obligan a hacer una cuarta cosa estúpida.
  • Quien canta cosas estúpidas, piensa cosas estúpidas.
  • Quien piensa cosas estúpidas, no puede pretender hacer cosas inteligentes.
  • Quien hace cosas estúpidas, difícilmente saldrá de su estupidez.
  • El estúpido canta, piensa y hace cosas estúpidas convencido de que son inteligentes.
  • Para un estúpido todos son estúpidos menos él.
  • La estupidez ata. Quien comienza a decir una estupidez se siente obligado a terminar de decirla, aunque estúpidamente se haya olvidado de lo que iba a decir. Y si finalmente logró terminar de decir esa estupidez, se sentirá por el resto de sus días obligado a defenderla.
  • Los estúpidos temen el silencio porque consideran que quien calla es un estúpido. Por eso se siente en la obligación de dar opiniones estúpidas, aunque sepa que son estúpidas.

Ámbito social:

  • La estupidez de uno potencia y hace más osada la estupidez de otro. Una sociedad de estúpidos conversará de temas cada vez más estúpidos, convirtiendo progresivamente a todos sus miembros en los seres más estúpidos del mundo.
  • En un grupo de estúpidos el más estúpido tiende a imponerse.
  • Un estúpido siempre busca a su par. La estupidez hace amigos.
  • El estúpido es el último que se entera que todos piensan que él es estúpido.
  • Es una estupidez subestimar a los estúpidos. La estupidez no tiene límites.

Ámbito educativo:

  • Un profesor estúpido convierte a todos sus alumnos en estúpidos. Un profesor muy estúpido convierte a todos sus alumnos en seres muy estúpidos. Aún así, el alumno siempre superará al maestro.
  • Quien investiga una estupidez profundizará en esa estupidez, y llegará a sacar muchas conclusiones estúpidas, con resultados cada vez más estúpidos.
  • Quien lee un libro estúpido al principio de la lectura intuye cuáles son las estupideces contenidas en él, a medio libro duda realmente si son estupideces y al final las termina defendiendo.

Ámbito vial:

  • La maniobra estúpida de un conductor ocasiona las maniobras estúpidas de los que le siguen.
  • Ante un choque la estupidez humana tiende a crecer. A la estupidez de un conductor se contesta con otra estupidez mayor, y cuando ya se creía que todo había llegado a su tope, aparece la policía.
  • La estupidez en el tráfico, genera más tráfico. Quien por escapar de un atasco hace un rodeo, cae y abulta un segundo atasco. El estúpido que hace tres horas una fila que no le correspondía, abultará dos filas distintas esa mañana. Cuando las autoridades quieren resolver el tráfico de carros con las bicicletas, le quitan un carril a los carros para que nadie transite en el carril de las bicicletas. Allí donde hay un cortejo fúnebre, éste suele tomar el carril más rápido.

Ámbito laboral:

  • Un jefe estúpido no tendrá por mucho tiempo trabajadores inteligentes. Ellos se irán o se volverán estúpidos como su jefe.
  • Un trabajador estúpido no durará mucho tiempo con un jefe estúpido. O será despedido, o convertirá a su jefe en un inútil.
  • Un sindicato estúpido se volverá cada vez más estúpido.
  • Un directorio estúpido se volverá cada vez más estúpido.
  • La estúpida discusión empleado-empleador cada vez será más estúpida si no interviene alguien inteligente para resolverla.

Ámbito político:

  • Un parlamento que discute cosas estúpidas expedirá leyes estúpidas.
  • Quien primero propone una estupidez es el que más adeptos estúpidos hace.
  • Quien propone la estupidez más grande es el que mayor estupidez consigue.
  • Si un estúpido llega a Jefe de Estado, será el Soberano Estúpido.

Ámbito comercial:

  • Los negocios más estúpidos son los que más convencen.
  • Un negocio estúpido lleva a otro negocio más estúpido aún.
  • Los negocios estúpidos producen mucho dinero en las sociedades estúpidas.
  • No obstante, hacer negocios con estúpidos siempre es una gran estupidez.
  • Quien negocia estupideces consigue estupideces. Quien negocia muchas estupideces consigue pingües volúmenes de estupidez. Quien empeña todo por una estupidez se transforma en el más perfecto estúpido.

Algunos datos del autor

Juan Carlos Riofrío Martínez-Villalba (Guayaquil, 1 de marzo de 1976 – ), es un jurista y escritor ecuatoriano, descendiente lejano del primer novelista ecuatoriano, Miguel Riofrío (+1879). Siguiendo los impulsos de su sangre desde muy joven se dedicó a escribir. Ha sido abogado del Estudio Jurídico Coronel & Pérez y profesor de Derecho constitucional, Teoría Fundamental del Derecho y de Derecho de la Información en la Universidad de los Hemisferios (Quito, Ecuador), donde años atrás fue Decano de la Facultad de Ciencias Jurídicas. Actualmente es profesor de Jurisprudence y Human Rights en Strathmore University (Nairobi, Kenia).

Formación académica

Tiene tres carreras, una especialidad y dos doctorados. Licenciado en Derecho ecuatoriano y en Ciencias políticas por la Universidad Católica Santiago de Guayaquil, y también en Derecho canónico por la Pontificia Università della Santa Croce. Especialista en Derecho de las comunicaciones por la Universidad Andina Simón Bolívar. Doctor en Derecho por la Universidad Católica Santiago de Guayaquil y en Derecho Canónico por la Pontificia Università della Santa Croce.

Andanzas literarias

Su pluma se ha caracterizado por una gran versatilidad, que prueba nuevos estilos y técnicas de expresión. Se ha interesado por el arte, costumbres e historia de los lugares donde ha vivido (Guayaquil, Quito y Roma). En estas ciudades ha procurado fomentar, e incluso rescatar cuando lamentablemente se han perdido, varias de las antiguas costumbres locales.

Entre sus obras literarias se cuentan:

  • El corazón de la ciudad (2003), editada por el M.I. Municipio de Guayaquil
  • El Pirata enmascarado (2007), editada por El Conejo y el M.I. Municipio de Guayaquil.
  • Juegos de Pluma. Técnicas literarias llevadas al extremo (2014), editada por La Caracola y la Universidad de Los Hemisferios.

Un extracto de estas obras se han publicado en este blog.

Leyes paradójicas de la muerte

Extracto del libro Juegos de pluma (2015)

— Juan Carlos Riofrío Martínez-Villalba.

Primer principio: La muerte es lo más seguro y lo más incierto.

  1. Nadie ha probado que todos hemos de morir. Sin embargo, hemos de morir.
  2. Nadie sabe cuándo va a morir, pero cuando va a morir lo sabe.
  3. El problema de la muerte se resuelve con la muerte.

Segundo principio: La muerte hace vivir.

  1. Quien sabe vivir, sabe morir. Quien no sabe morir, no sabe vivir.
  2. Las cosas más apreciadas en la vida, a la hora de la muerte suelen apreciarse menos. Las cosas menos apreciadas en la vida, a la hora de la muerte suelen apreciarse más.
  3. Todos van perdiendo el tiempo de su vida, pero no todos pierden el tiempo.

Tercer principio: La muerte es la mayor tragedia y la más valiosa.

  1. Nadie desea una feliz muerte, pero lo que más se desea es morir feliz.
  2. Nadie conoce lo que vendrá después de la muerte. Sin embargo, en ello se han de anclar todas nuestras esperanzas.
  3. La muerte es lo que menos vale en la vida, pero la muerte lo decide todo.