Arqueología sobre la cueva de Belén y los pañales de Jesús

La Escritura detalla poco cómo y dónde exactamente nació Jesús. Con todo, la arqueología nos permite reconstruir buena parte de estos detalles, mostrándonos algo un poco distinto a lo que los artistas modernos muestran de la Navidad.

Las excavaciones realizadas en Belén y Judea durante los últimos siglos han descubierto numerosos complejos domésticos con cuevas anexas y pesebres de piedra (no de madera, que era escaza en la región). Se trata de cuevas cavadas en piedra caliza. Durante la excavación se solían tallar directamente en la piedra graneros independientes o comederos para las bestias (los pesebres donde se pondría la paja). Las cuevas solían ser selladas con una pequeña pared y puerta en la boca para aislarla del exterior, o con tres paredes y techo voladizo si la cueva era poco profunda. Todo servía como lugar de descanso para pastores y gente de la zona, o como establos para guardar los animales. Como es de suponer, los establos eran construidos más rápido y con menos recursos, por lo que eran menos herméticos y acogedores.

Desde antiguo se venera en Belén una modesta cueva con estas características, donde se dice que nació el Salvador. Se trata de la Gruta de la Natividad. Si tuvo voladizos y paredes, ellos no nos han llegado. La cueva mide unos 12.3 metros de fondo, 3.5 metros de ancho, y tiene un techo irregular que supera los dos metros en sus puntos más altos (484”x137”x78”). Su angosta entrada tiene una anchura de 1.2 metros (47”). Tales entradas, permitían controlar mejor a los animales e incrementaban la seguridad contra los ladrones. Probablemente el interior al inicio era más estrecho, antes de que miles de peregrinos cristianos pasaran por ahí llevándose pequeñas rocas de recuerdo. Apenas el Imperio se hizo cristiano, Constantino mandó a construir una basílica allí en el siglo IV, y desde entonces el lugar no se ha dejado de venerar.

Como toda cueva cavada en piedra caliza, esta también sería un poco polvorienta y fría, con una temperatura semejante durante el día y la noche. Repárese además que Belén se encuentra en la montaña a unos 775 metros (2.540 pies) sobre el nivel del mar, en una pared que suele recibir el embate del viento. No sabemos con certeza en qué día exacto nació el Redentor, pero debió de ser a finales de otoño o en pleno invierno. Ante la falta de evidencias, lo más plausible es atender a la más vieja tradición litúrgica que conocemos, que data de inicios del siglo IV. Apenas Roma se hizo cristiana se comenzó a celebrar oficialmente Navidad el 25 de diciembre. En general, las visiones de los santos no contradicen esta fecha, salvo la de Anne Catherine Emmerich, quien señala que todo ocurrió un mes antes, el 12 de Kislev (por el 25 de noviembre). Si el nacimiento se dio en noviembre, la temperatura oscilaría entre 15–20°C (59–68°F) durante el día y 5–10°C (41–50°F) en la noche. En cambio, si todo sucedió a finales de diciembre, ella podría caer hasta 0°C (41°F) por la noche, lo suficiente como para congelar el agua.

Con estos antecedentes, podemos volver a leer los evangelios. Ellos primero narran las angustias de conseguir un lugar digno para el parto, el mismo que probablemente estaba ya en curso. Caía una tarde de vientos fríos, después de cinco o seis días de caminata. El cansancio del viaje y del parto restaban progresivamente fuerzas a la madre. Caía el sol, caía la tarde, y caía también la temperatura. José, que era de la ciudad de David, conocía bien el mesón donde los transeúntes solían pasar la noche; sin embargo, tras haberlo visitado, no encontró espacio ahí. Las averiguaciones de José acerca del alojamiento se harían ya de noche, a la luz de las estrellas y de las antorchas. Finalmente apareció una cueva con entrada sellada, probablemente de madera: un lugar escasamente arreglado por alguien para guardar sus animales. Al llegar ahí, las manos frías de José abrirían la puerta y la antorcha dejaría mostraría a un inquilino en el fondo: un buen buey que se albergaba en el lugar más cálido de la cueva, junto a un pesebre cavado en piedra aún con pajas o pastos secos. María, José y el borrico entrarían en ese orden. Dentro ya no corría viento y las bestias prestaban su calor.

Así se entiende mejor aquello que relatan los evangelios: María “dio a luz a su hijo primogénito, y lo envolvió en pañales, y lo acostó en un pesebre” (Mateo 2:7; cf. Lucas 2:12). El niño nacería sintiendo un frío tremendo y gemiría instintivamente. Lo más urgente en esa cueva era calentarlo. Tras lavarlo con agua, sal y aceite, según las costumbres del lugar, la madre se dio prisa para literalmente envolver el pequeño cuerpecito en muchas, muchas telas, y evitar que pasara frío. Ya luego los padres lo adorarían, ya luego vendrían las visitas y los festejos.

Las pinturas modernas de la natividad suelen pintar al niño desnudo, durmiendo plácidamente sobre una tela blanca que lo protege de las punzantes pajas que se amontonan en un pesebre de madera. Nada de eso sigue las usanzas del lugar, ni tiene en cuenta la temperatura del lugar. Por un lado, los pesebres eran cavados en la piedra caliza, muchas veces adosados a la pared. Por otro, en la Mesopotamia del siglo I se solía envolver cuidadosamente a los recién nacido con varias capas de tela para mantenerlos cálidos, protegidos y seguros. Primero se colocaba una tela suave directamente sobre la piel del bebé; luego se añadía una banda inferior absorbente, que cumplía la función de un pañal primitivo. Encima de esta capa se aplicaban tiras largas de lino o lana (spargana), que rodeaban firmemente el torso y las extremidades, manteniendo al niño inmóvil y protegido del frío. Finalmente, una envoltura exterior reforzaba todo el conjunto, creando un pequeño “capullo” que facilitaba el descanso del bebé y evitaba la pérdida de calor, especialmente en cuevas o estancias frías como las descritas en los evangelios para el nacimiento de Jesús. Varios códices y pinturas antiguas registran todos estos detalles. Como vemos, Dios entró a este mundo tal como se fue: desnudo y despreciado, con el cuerpo sobre la roca, en el fondo de una cueva de boca pequeña, envuelto totalmente en lino, después de haber estado en los brazos de su madre, haber sido lavado de la sangre, y ungido en aceite. ¡De una cueva fría salió y a una cueva fría volvió!

Pero volvamos a Belén donde Jesús acaba de nacer y ha dejado de sentir el calor del vientre materno. El niño abre su boca y sus pulmones saborean por primera vez el aire frío. ¡Gime, gime de frío! Tras separar el cordón umbilical, lavar al niño con agua, sal y aceite, sus padres lo envolverían en pañales. Quizá aún el cuerpo titiritaba. María y José acomodarían las pajas del pesebre, extenderían alguna tela sobre ellas, y pondrían al niño ahí para darle una segunda capa de calefacción. Luego acercarían la antorcha, arrimarían a las bestias, y se arrimarían ellos mismos para intentar transformar este inhóspito mundo en un cálido hogar. Y curiosamente ahí, en esa noche estrellada y en esa cueva fría este divino niño, en algún momento de la noche logró encontrar paz y dormir un poco, solo un poco.

Y así todo sucedió como lo canta el siguiente villancico:

Away in a Manger

Away in a manger,
no crib for a bed,
The little Lord Jesus
laid down His sweet head.
The stars in the sky
looked down where He lay,
The little Lord Jesus,
asleep on the hay.
En un pesebre,
sin cuna alguna,
el niño Jesús
su cabecita inclinó.
Las estrellas del cielo
miraban al Niño,
el tierno Jesús,
dormido en el heno.
The cattle are lowing,
the Baby awakes,
But little Lord Jesus,
no crying He makes;
I love Thee, Lord Jesus,
look down from the sky
And stay by my cradle
till morning is nigh.
Las vacas mugen,
el Niño despierta,
mas Cristo Jesús
ni llora ni un son;
te amo, Señor Jesús,
mira desde el cielo
y quédate junto a mi cuna
hasta el alba.
Be near me, Lord Jesus,
I ask Thee to stay
Close by me forever,
and love me, I pray;
Bless all the dear children
in Thy tender care,
And fit us for Heaven
to live with Thee there.
Quédate cerca,
Señor Jesús, te ruego,
conmigo por siempre,
y ámame, sí;
bendice a los niños
en tu tierno cuidado
y llévanos al cielo
para vivir contigo allí.

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¡Feliz Navidad!

Juan Carlos Riofrío

Washington, D.C., Diciembre 24 de 2025


Publicado por Juan Carlos Riofrío

Jurista, filósofo, escritor, descendiente lejano del primer novelista ecuatoriano, Miguel Riofrío. Abogado, autor de trece libros, y profesor de derecho en varios países del mundo.

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